Isabelle Vanderwall

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Isabelle Vanderwall

Mensaje por Isabelle Vanderwall el Mar Ago 02, 2011 8:34 am

Nombre completo: Isabelle Vanderwall
Apodos: Bell, Isa
Edad: 24 años.

Habilidad o Tipo de Mago: -
Tipo de sangre: Sangre pura.
Orientación sexual: Heterosexual

Nacionalidad: Inglesa
Ocupación/Club: Medimago

Descripción física: Es una chica de complexión delgada, debido a esto su figura resalta poco con respecto a las otras chicas de su edad. Su estatura tampoco es algo que llame la atención ya que mide 1.65m cosa que no le molesta porque detesta que los demás se fijen en ella. De piel extremadamente blanca que resalta más aun por su cabello castaño. El cual casi siempre trae recogido en un moño o en alguna especie de peinado que le permita mantenerlo ordenado. Sus ojos azules son los únicos que muestran la persona que en realidad es, por lo que es frecuente que reflejen tristeza y solo de vez en cuando alegría. Aunque ella lo niega, su belleza física proviene de su madre, la cual a pesar de todos sus años sigue siendo una hermosa bruja. A los trece años se hizo un tatuaje en la espalda que forma la Constelación de Venus, algunas estrellas sobresalen en su hombro derecho.
Descripción psicológica: Isabelle es una chica triste, aunque pueda aparentar lo contrario en muchas ocasiones. Debido a su familia y a otros hechos que pasaron en su vida aprendió a ocultar sus verdaderos sentimientos, que solo muestra en determinadas situaciones con personas que le causen una fuerte impresión ya sea por tristeza o por extrema alegría. A pesar de lo mucho que le molesta llorar en frente de los demás, es algo que se le hace incontenible cuando las emociones hacen mella en su invisible coraza, mostrándose como alguien débil y sensible.
Sin embargo si se lo propone puede aparentar indiferencia reflejando algo que no existe. Cosa que utiliza mucho con su hermana y su madre. Pero sobre todo puede llegar al límite de ignorar su entorno, incluso a las personas que le rodean.
Al carecer de razones felices siempre trata de ayudar a los demás, de cierta forma ella cree que esto compensa todo lo que no puede hacer con respecto a su persona. Ya que su yo interno sufre de un desequilibrio incapaz de arreglar por ella misma.
Contrariamente a esto se ríe bastante para su filosofía de vida en la oscuridad, aunque a veces sonríe aun cuando no quiere.
La amistad es un punto fundamental en su vida, a pesar de que tiene pocos amigos. Pero trata de conservarlos dando lo mejor de si, aunque a veces estos tengan que ser pacientes con ella por su tendencia a abstraerse de la realidad.
Puede conversar todo el tiempo, o puede estar todo el tiempo callada, todo depende del día.

Historia del personaje:
“Recuerdos” son aquellos escritos que recorte para hacer más breve la historia.
Spoiler:
Isabelle Vanderwall nació una madrugada del 10 de Febrero, en un hospital del Londres mágico. A pesar de ser una niña deseada por sus padres, Dora Clinftow y Produmus Vanderwall, estos no esperaban concebir a una bebé luego de seis años de matrimonio. Sin embargo la vida les trajo como sorpresa no una niña sino dos, otra bebé que nacería tres años después bajo el nombre de Amelie Vanderwall.
El primer recuerdo real y completo que tuvo Isabelle fue apenas unos meses antes de cumplir los seis años. Hasta ese momento su realidad se basaba en el pequeño conocimiento de que su madre era alguien famoso por lo cual no podía permanecer a su lado todo el tiempo que deseaba. Y su padre era alguien importante que necesitaba de espacio a solas para llevar a cabo su trabajo.
El recuerdo no es uno de sus favoritos pero está claro que desde día algo cambio en su entorno, en sus padres y en su personalidad.
“Recuerdo”
De esta forma y sin planearlo, evitarlo o remediarlo Isabelle tuvo su primera manifestación mágica como la bruja que era y seria en un futuro.
Su segundo recuerdo real está vinculado a su hermana: Amelie.
Por supuesto si la relación que tenía con sus padres era escasa y distante la que pretendía mantener con su hermana era prácticamente nula.
“Recuerdo”
Años más tarde su padre decidió llevarse a Amelie consigo para sus viajes, alejándola aún más de su hermana hasta llegar a ser una completa desconocida.
Isabelle comprendió tiempo después que en la vida nada es tan perfecto como parece y que debía aprender a querer las cosas a distancia porque en cualquier momento podrían separarla de ella.
La relación con su madre se fue deteriorando, no solo por sus largas ausencias sino por aquel abismo que comenzó a surgir entre ambas. A Isabelle le mostraron que el mundo solo constaba de dos clases de personas: las que eran igual que ella y las que no.
Que además entre aquellos que eran igual a ella existían diferencias que debía tener en cuenta por el tipo de sangre que tuvieran. Los magos de sangre pura y el resto de la comunidad mágica que carecía de importancia.
A los ocho años recibió una sorpresa inesperada, un nuevo personaje entraría en su vida debido al trabajo de su madre como artista. Sorpresa que meses después cobraría gran relevancia en su vida.
“Recuerdo”
Por supuesto como era de suponer Isabelle nunca en su vida había conocido a un vampiro, lo cual hizo que su radar de peligro, si es que alguna vez tuvo uno, se encontraba completamente ajeno a esta situación. Lo que no sospechaba en aquel entonces era que bajo todo aquel cuerpo ahora carente de vida humana, había existido un mago cuyos lazos sanguíneos hacían de este el hermano de su madre y por consecuencia su tío legítimo.
Su verdadera relación con Albert comenzó una común tarde de invierno debido a algo que marcaba una huella importante en la vida de Isabelle: la música.
En aquella tarde la lúgubre mansión estaba desierta y el aire de invierno se colaba por las ventanas, pero el frío no le importaba a la niña que vagaba en silencio por los pasillos. Sin embargo algo en su forma de caminar delataba una vida solitaria.
Apenas había doblado en la esquina cerca del comedor cuando escucho una melodía proveniente de uno de los salones, fue sin pensarlo en dirección al sonido y al abrir la puerta se encontró con el hombre anteriormente presentado tocando el piano blanco de su madre. Se detuvo a observarlo desde una distancia considerable la que continúo luego de sentarse lejos del artista para escucharlo interpretar melodías que por el momento desconocía.
Le gustaba contemplarlo, pues había en el algo solidó y conocido que le resultaba familiar. Permaneció sentada allí durante largo rato, advirtiendo la música del mágico instrumento, alimentando sus sueños con melancolía vital.
Al cabo de un rato, se levantó para acercarse un poco más. Permaneció a su espalda y a un lado, de forma que el pianista no pudiera verla, pero ella podía contemplar sus manos deslizándose por las teclas del piano. Luego de varios minutos se aproximó más, cuidando de sus pasos silenciosos. Lo que Isabelle no sospechaba era que el artista había reparado en su presencia desde el mismo instante que entro en la habitación, incluso mucho antes. Aun así, sin decir nada continúo con su música.
Pasada la media hora el hombre giro la cabeza levemente con disimulo y sus miradas se encontraron, pero ninguno de los dos sonrió.
-¿Le gusta el piano?- le pregunto. No le extrañaba que aún se encontrara allí observándolo, al fin de cuentas él era su familia y había notado que a la pequeña le gustaba estar cerca de los demás en silencio.
-Un poco- repuso con actitud cautelosa, su madre le había recordado mantener las distancias con aquel hombre.
-¿Sabe tocar?- inquirió sin mirarla mientras la escala de notas subía.
Isabelle se distrajo por unos momentos del piano y miro a la figura que estaba en frente. Tenía el cabello oscuro y ordenado, aunque al parecer no había dormido por algún tiempo porque profundas ojeras hacían sombra bajo sus ojos. No podía precisar bien cuál era su impresión de aquel hombre, sin duda alguna nunca había visto alguien igual. Él le intrigaba tanto como su música.
-No, Dora dice que debo preocuparme por aprender cosas más importantes-
Esta vez el hombre se volvió hacia ella y sus miradas volvieron a encontrarse.
- ¿Le gustaría aprender?-
Isabelle vacilo un instante, pero por fin se acercó el y se sentó a su lado.
-¿Usted va a ser mi maestro?- preguntó con una expresión muy seria en su delicado rostro, halagada por el hecho de que aquel hombre, prácticamente desconocido se hubiera ofrecido a enseñarle.
- Por supuesto- permanecieron sentados uno junto al otro durante un rato, mientras le enseñaba las notas musicales. La pequeña le prestaba suma atención captando todo lo que decía.
- Señorita Isabelle…-
- Isabelle- corrió ella sin apartar la vista de las teclas.
- ¿Te puedo tutear?- pregunto con asombro.
- Vas a ser mi profesor de piano, eso significa que puedes ser mi amigo- contesto mirando sus manos.
En ese momento se creó un vínculo instantáneo entre ellos, al parecer ella se hallaba a gusto en su presencia.
-¿Crees que llegare a tocar así como tú?- le preguntó comparando nuevamente las manos del pianista con las de ella.
-Estoy seguro de que así será-
- No lo creo- parecía decepcionada, y el hombre al contemplar aquellos ojos tristes se le ocurrió que se sentía muy sola, lo cual le conmovió. Algo en ella lo atormentaba.
- ¿Porque no?-
- Generalmente las cosas me salen mal o al revés de cómo quiero. Dora siempre se molesta conmigo por eso, así que intento mantenerme tranquila dentro de mi burbuja. Solo muestro lo que los demás esperan ver en alguien como yo, algo así como una obra de teatro. Interpreto un papel que se escribió para mí-
Pronuncio aquellas palabras sin emoción ninguna, y era evidente que no era feliz. Aquella niña lo intrigaba, y ahora parecía haberse creado un lazo extraño entre ellos.
- Eres un gran pianista ¿verdad?- preguntó constatando un hecho.
- Supongo que si- repuso mirándola.
- ¿Sabes? Cuando escucho la música que sale de este instrumento siento que algo dentro de mi va creciendo, entro en una especie de viaje, como si algo mágico me envolviera. ¿Crees que será porque soy una bruja?-
- Es probable, aunque eso que sientes es común entre algunos muggles-
- ¿Ellos también sienten esa magia?-
- No tengo la certeza pero creo que si-
Abrió los ojos asombrada de que alguien tan ajeno a su mundo pudiera experimentar las mismas sensaciones.
-Será mejor que me vaya- suspiró y lo miró con ojos tristes.
Tenía muchas ganas de quedarse charlando con él, pero sabía que no le quedaba otro remedio. Debía regresar a su habitación antes de que llegara su madre, ya que de lo contrario se metería en un lío. Se acercó a la puerta y antes de salir se giró para decir:
-Gracias Albert- en sus ojos bailaba una sonrisa, y la melancolía que el vampiro detecto en ellos lo conmovió profundamente.
Albert fue su primer amigo, la primera persona en la que confió para contarle sus secretos o al menos parte de ellos.
Al cumplir sus 11 años tuvo que acudir al colegio de magia y hechicería "Hogwarts".
Su segundo mejor amigo fue Zack, un lobo blanco que le regalo su padre a los doce años por su cumpleaños. Su padre solo regresaba por algunas semanas todos los años a verla. Esa vez decidió traer consigo un cachorro de lobo que había encontrado en Eslovaquia cerca del bosque, pensando en que tal vez aquel animalito pudiera alegrar la vida de su hija mayor.
“Recuerdo”
Paso a ser una niña callada, pensativa y triste. Su habitación consistía en su refugio personal y el mundo exterior la tortura que debía soportar a diario. Las vacaciones de su primer año en el colegio estando en el jardín trasero de la mansión Clinftow, rodeada de hijos magos, amigos de sus padres entre los cuales se incluyan las mejores amigas de su hermana, comprendió algo más: No era igual a los que supuestamente por su condición de sangre debían ser sus amigos.
-Creo que deberíamos hechizarlo- dijo un muchacho dentro de un grupo de brujos adolescentes que se encontraban observando a un anciano muggle que pasaba no muy lejos de allí para dar su paseo matutino por la cuidad.
- No podemos, ya sabes que lo tenemos prohibido- le dijo otro con algo de decepción en su rostro.
- Bah….total, un pequeño hechizo no les va afectar más de lo que ya están - movió la cabeza hacia ambos lados – Tontos inútiles, no son capaces de mirar más allá de sus narices pero tienes razón -
El resto del grupo se alejó tratando de encontrar algo para entretenerse pero uno de ellos, Alexander, se acercó a Isabelle que se encontraba sentada leyendo un libro de Encantamientos.
Llegó hasta donde estaba ella cerrándole bruscamente el libro.
– Me parece que si sigues así uno de estos días te vas a volver loca-
Isabelle lo miró algo disgustada – Creo que ese es mi problema-
- ¿Se puede saber porque siempre estas encerrada en tu habitación? Apenas sales a divertirte y lo único que haces es hablar con ese lobo que tienes de mascota-
Se mantuvo callada por unos segundos y luego respondió
- Porque no me llama la atención las cosas que hacen para divertirse -
-¿Por qué?- Alexander se acercó a ella – Eres igual a nosotros-
- Nadie es igual a nadie, y yo mucho menos a ustedes- levantó una ceja – No me causa ningún placer estar molestando a ese pobre anciano que va por la calle simplemente porque es un muggle-
- No me refiero solo a eso. Casi no te relacionas con los otros, siempre andas sola por ahí y no te gusta reírte. Me parece que para ser una niña eres algo extraña, aburrida y triste-
Isabelle lo miro muy serio a la cara.
- Entonces ¿para qué pierdes tu tiempo hablando conmigo?- se paró de donde estaba, recogió sus libros y salió rápidamente del jardín.
A pesar de este primer encuentro, Alexander se convirtió en el tercer amigo y primer humano aparte de su familia que entablaba una relación con Isabelle. Su amistad fue algo peculiar ya que no eran aquellos típicos amigos que siempre andaban juntos realizando travesuras o planeando cosas. Isabelle podía contar con Alexander no importa lo que pasara y viceversa.
Así sus siguientes dos años en Hogwarts con el único estudiante prácticamente que hablo o se relaciono fue con él. Mayormente por las clases de pociones y por las tardes en que se sentaban juntos a estudiar.
La relación con su madre no cambio, ni mejoro. Como tampoco lo hicieron las fiestas, las reuniones y los eventos que asistían con ella, forzándose a dar aquella imagen que todos esperaban.
Sus únicas alegrías se limitaban a: Conversar con Zack, aprender música con Albert y las visitas anuales que recibía de su padre.
“Recuerdo”
El verano de su tercer año en Hogwarts luego de haber cumplido los trece años a su madre se le ocurrió la brillante idea de pasar esos meses fuera de Londres, en un pueblo lejano.
Muy a su pesar tuvo que recoger sus cosas y prepararse para partir por un tiempo.
“Recuerdo”
Como era de esperarse la soledad volvió a invadir su habitación, no importara donde se encontrara. Ni siquiera podía salir con Zack y el lobo al igual que ella, se le marchitaban las tardes tirado en algún rincón….tan lejos de la Ciudad.
La mañana del domingo se levantó rápidamente acercándose a la ventana, afuera el día estaba relativamente soleado. Sin embargo ningún alma pasaba por aquellas calles tan temprano aunque se escuchaba una música lejana proveniente del centro del pueblo.
Se giró avanzando hasta el closet donde guardaba su ropa, la examinó con cuidado buscando alguna prenda que se ajustara a sus planes.
Atrapó una blusa de cuadros negra y blanca, unos jeans y unos zapatos. Los tiro sobre la cama sonriéndole a Zack mientras se despojaba de su pijama. Al cabo de cinco minutos estaba lista observándose frente al espejo.
-Mira Zack, podría pasar por uno de ellos y nadie me reconocería- le comentó divertida no estando muy segura de lo que iba a ser a continuación.
Le guiño un ojo a su amigo y trepo por la ventana de su habitación bajando por la pared hasta el jardín. Estaba segura que su madre la iba a regañar, no por el hecho de que saliera sin permiso sino porque no había ido a verla para hablar tal como le había pedido la noche anterior.
Sin mirar atrás se trasladó caminando en silencio por las calles de aquel pueblo. Todo lo que veía le parecía increíble, las máquinas de hacer helado, aquello a lo que llamaban “televisor”, unos pequeños aparatos que servían para comunicarse con otros muggles.
Sin embargo hubo algo que robo toda su atención, haciendo que se olvidara de lo demás. Se acercó a una vitrina de cristal casi pegando su rostro debido a unos apetitosos pastelitos, dulces y tortas que había en ella. Pero más allá del cristal se encontraba un hombre de ropa blanca con delantal. En su cabeza traía un gracioso sombrero que la hizo dibujar una pequeña sonrisa.
-¿Conoces a Andrew?- pregunto una voz desconocida detrás de ella por lo que se giró inmediatamente encontrándose con un chico de quince años que la miraba divertido.
- Yo….- nunca antes había hablado directamente con un muggle. ¿Que se suponía que le dijera? – No - respondió con sinceridad.
- Lo supuse- agregó abriendo la puerta de la Panadería e invitando con la mirada a la chica para que entrara.
Aquel local se encontraba vacío por aquellas horas, excepto por el hombre que había visto a través de la vitrina, el cual se levantaba muy temprano para comenzar su faena.
- Buenos días Andrew- le dijo el chico acercándose a el de forma despreocupada. Lo que hizo que el hombre, luego de devolverle el saludo al muchacho, reparara en la chica que se encontraba parada en la entrada mientras ponía su mejor sonrisa.
- ¡Vaya! Que tenemos aquí- salió detrás del mostrador y se acercó a ella – ¿Quién es tu nueva amiga David?-
El chico miró hacia ella de forma inquisitiva.
-Isabelle, soy Isabelle- agregó sintiéndose rara entre tantos muggles – Y bueno…esto….yo solo pasaba por aquí…- comenzó a divagar sin saber que decir.
- Y le sorprendieron esos dulces que tienes en la vitrina. ¿Porque no le das a probar uno Andrew?- dijo David buscando algo mientras caminaba por la Panadería.
- No, yo… esto, no tengo dinero mugg…- pero se calló al instante cuando se percató de aquello que iba a decir.
- ¡Oh! No te preocupes- informó con confianza Andrew mientras tomaba un dulce y se lo entregaba a la chica – Va por la casa-
Aquel gesto impresiono muchísimo a Isabelle, le agradeció al hombre con el sombrero gracioso y se acercó al chico que aun parecía buscar algo.
- ¿Por qué lo hiciste?-
- ¿Hacer qué?- pregunto David, parándose en el lugar para mirarla.
- Esto- señalo el dulce – Es decir, apenas me conoces y dejas que él…- sus ojos se dirigieron a Andrew –…piense que soy tu amiga. Y además que me regale un dulce sin cobrarme nada. Eso es muy raro-
- ¿Raro?- David la miro con expresión extraña y luego se largó a reír – ¿Nunca te habían regalado antes nada por el simple hecho de caerle bien a alguien o solamente porque ese alguien se siente feliz haciéndote un regalo?-
- Aparte de mi padre, no. Nunca antes, mucho menos personas que me son desconocidas- agregó intentando descifrar porque aquel chico se reía tanto. Para ella aquella situación se le hacía extremadamente incomoda.
- Creo que empezamos mal- dedujo mientras se acercaba a ella.
-Mi nombre es David- se llevó una mano al pecho – Un gusto conocerte Isabelle- y sonrió de lado.
Sintió una sensación extraña en su estómago cuando el chico pronuncio aquellas palabras, más aun cuando se quedó mirando fijo hacia ella por primera vez.
-El gusto es mío- repuso nerviosa con educación.
Y justo así comenzó su amistad con el primer muggle que conoció en su vida. Como no tenía nada más que hacer Isabelle partía todos los días hacia el pueblo buscando nuevas cosas que aprender de aquellos humanos que vivían sin utilizar la magia.
David se sorprendía por los gestos raros y las miradas de dudas que expresaba Isabelle ante cosas tan sencillas como un microondas.
Su relación creció a través de las semanas hasta que una mañana David sin previo aviso la beso en los labios. Fue su primer beso de los muchos que le seguirían a continuación.
“Recuerdo”
Sin embargo aquel momento de felicidad no sería eterno, porque nada en su vida lo era. Justo diez días antes de acabarse el verano su madre descubrió su relación “secreta” y estalló haciendo gala de todo su carácter.
“Recuerdo”
La negación de su propia realidad, el sufrimiento, las mentiras. La madre de Isabelle le prohibió de manera irrefutable verse nuevamente con el chico. Le advirtió y amenazó sobre las consecuencias que traería consigo si algo como aquello se llegara a conocer. Isabelle apenas la escucho, se limitó a asentir y mentir nuevamente jurando que nunca más en su vida se acercaría a un muggle.
Por supuesto esa promesa se rompió siete días después.
Se encontraba en el campo cerca del río, bajo las sombras del árbol que consideraba casi de su propiedad, testigo de tantos momentos. La relación con David iba de mal en peor, luego de la charla con su madre la semana anterior no se habían visto. David le decía a Isabelle que cada vez la encontraba más distante, sin embargo ella no lo veía de la misma manera. Quizás sus cambios solo eran visibles para él.
“Recuerdo”
En esta ocasión Isabelle experimentó por primera vez en su vida un sentimiento que jamás había conocido: el rechazo.
El chico no comprendió las palabras de ella, no la escuchó y simplemente se alejó sin decir nada más. Esa tarde al regresar a su casa, su madre había recibido una citación por el ministerio que iba dirigida a la propia Isabelle.
Como era de esperar hubo más discusiones, más gritos, más lágrimas derramadas y la decisión final la tomo su familia sin dar espacio a dudas.
Ese mismo día partió de regreso a Londres donde la esperaba su lúgubre mansión con Alexander y Albert dentro.
Se escuchó el golpe de una puerta al cerrarse mientras que la habitación se iluminaba.
-Me puedes dejar sola- dijo avanzando hasta la cama que se encontraba en el centro.
- Si claro señorita y ¿qué más?- comento Alexander de forma irónica – También quiere que la felicite por lo que hizo o debería agradecerle el hecho de que acaba de ensuciar el nombre de su familia- término cortante dirigiéndole una mirada de odio.
- No lo voy a repetir, ¡déjame sola! - le grito golpeando la cama.
Alex se acercó cautelosamente hacia ella.
- Que no te das cuenta que estas sola, ¿ves a alguien aquí? Y me refiero a algo que piense y que sea valorado como admisible dentro de nuestra sociedad- agrego pensando en Zack y Albert.
- ¿Cómo pudiste?... ¿Un muggle?- se decía a si mismo tratando de convencerse – ¿Se te olvido de dónde vienes? ¿Dónde está tu dignidad?-
-¿Dignidad?- repitió Isabelle – Me vas a dar una charla sobre cómo deben comportarse las chicas. ¡Si has estado con la mitad de las que conozco! -
La tomo del brazo y de un solo tirón la paro de la cama.
- No trates de justificar tus acciones reclamando las mías, es muy diferente. ¡Tienes trece años!... ¡Trece!-
-No sabía que existía una edad para enamorarse- contesto sin mirarlo a la cara.
Alex bufó con amargura – Enamorarse…- la atrajó hacia el – Que sabes tú de eso-
Ella lo miro a los ojos por unos instantes y tembló de repente haciendo que dos lágrimas rodaran de sus ojos mientras se quedaba en silencio.
-Te acostases con él, ¿cierto?- insinuó en un tono serio sin transmitir ningún sentimiento – Sin pensar en las consecuencias-
- ¿Qué consecuencias?- pregunto asustada.
Alex sonrió de lado con tristeza – Ohh Isabelle, aun eres una niña en muchos sentidos-
En ese momento Albert entro en la habitación y al ver la fuerza con que el chico estaba aguantando a su sobrina transformo su expresión en una de completo desagrado.
-Señor Fletcher, creo que debería irse - le ordenó de forma sutil.
El chico ignoró el comentario del vampiro.
- Esto no se va a quedar así, y no seré yo el que haga algo- la soltó de forma delicada para caminar hacia la puerta de salida.
Al pasar al lado de Albert dijo – Buenas Noches- y salió de la habitación cerrando la puerta.
Isabelle apenas pudo gesticular palabra o realizar algún movimiento, solo se quedó parada tratando de mantenerse concentrada para no derrumbarse sobre el piso. Su tío se acercó a ella lentamente – ¿Te encuentras bien?-
-¿Que se supone que va a ser mi madre? Albert tú lo sabes, tienes que decirme- le soltó sin respirar.
- Deberías descansar- sugirió señalando la cama
- ¡No me trates como una niña! No quiero descansar, ¡Quiero que me respondas lo que te estoy preguntando!- exigió con lágrimas corriendo sobre su rostro.
- Borrar su memoria desde el momento en que te conoció. Y es lo que menos podía hacer, si no fuera porque está prohibido lo mataría en este instante-
Se dejó caer apoyando sus piernas contra el suelo.
- No por favor todo menos eso-
Albert se sentó en la cama llevándose un dedo a la frente con algo de impaciencia.
- Creo que aún no comprendes la gravedad de la situación. Se supone que ellos no sepan que nosotros existimos o más bien que ustedes existen - suspiró cansado – Una bruja de sangre pura con un ser no mágico, es algo que nunca te iban a permitir ni tu madre ni nadie de la familia-
-Y si no quiero ser una bruja, y si quisiera ser normal como él- agregó con la vista perdida.
Negó con la cabeza – No hables incoherencias, naciste siendo eso. No puedes negar lo que eres simplemente por un capricho de adolescente-
Se levantó de donde estaba tirada y camino hasta la puerta. Al tratar de abrirla se dio cuenta que estaba sellada con magia. Saco su varita e intento una vez más, pero fue en vano por lo que giró su rostro y le dirigió una mirada acusadora a su tío.
-No fui yo- respondió – La acaban de cerrar luego de que Alexander saliera-
- ¡Ábrela!- volvió a exigir
- No puedo y tú lo sabes- se levantó de la cama.
- ¿Y cuánto piensan mantenerme encerrada?- pregunto aguantando la rabia.
- No lo sé-
Golpeó con su mano la puerta – No se lo voy a perdonar nunca- susurró.
-Si se lo vas a perdonar. Como también va a pasar eso que estas sintiendo ahora, hay más tiempo que vida, y para ustedes eso es verídico-
Sonrió sin ganas y se acercó a él.
- Nunca se me va olvidar, jamás lo voy a olvidar. Así pase todo un siglo ¿Que no lo entiendes verdad?- se acercó aún más hacia su tío para quedar apenas a unos metros.
- Él fue el único que me acepto como yo era, se enamoró de mí, de la persona que en realidad soy y no de lo que aparento ser-
Albert se quedó pensativo.
- Se cómo te sientes y cuanto te duele tener que admitir esto. Pero el chico no sabía que eras una bruja ¿verdad? Y tengo entendido que no fue muy amable contigo cuando supo la verdad-
- Eso no importa-
- Claro que importa. La magia forma parte de ti-
“La magia forma parte de ti” aquella frase quedo grabada en la memoria de Isabelle para siempre. Permaneció encerrada en su habitación por una semana y luego la dejaron salir pretendiendo que no había ocurrido nada. Su familia inadmitió el hecho y todo volvió a la normalidad.
Siguieron las fiestas, las reuniones, las charlas sin sentido entre magos de sangre pura y por último el derrumbe completo de su yo interno.
Caminó a su habitación sin mirar atrás ni detenerse por un segundo y cerró la puerta con magia. Aun apoyada sobre esta respiro profundo varias veces mientras se agachaba para quitarse los zapatos. Se desplazó descalza por la alfombra deteniéndose en el medio con las luces apagadas.
Volvió a respirar profundo y en un ataque de rabia comenzó a romper el vestido negro con sus manos. Rasgo la tela una y otra vez como si se tratara de algo que la mantuviera prisionera. Sintió como el odio la invadía y no dejaba paso para ningún otro sentimiento, eso le agradaba, al menos era capaz de sentir algo, de no sentirse tan vacía, tan hueca, tan nada. Con el vestido rasgado se arrodillo sobre el suelo y golpeo con fuerza contra este. Se odiaba ella misma por ser tan débil, tan cobarde, por no tener el valor para intentar cambiar su vida. Pero ¿de que serviría?, ¿acaso aún tenía esperanzas? Claro que no, no para ella. El mundo era un lugar horrible, donde los sueños se evaporaban, donde las fantasías nunca se hacía realidad. Donde las personas lastimaban, mentían, engañaban.
Cansada se derrumbó sobre la alfombra y comenzó a sollozar, cerró los ojos y deseo con todas sus fuerzas desaparecer para siempre.
Aquella soledad desmedida no se extinguió, creció cada día más fuerte según pasaban los meses. El vació se convertía en abismo imposible de llenar. Y con el comenzaron las pesadillas.
Isabelle no supo en que momento exacto sucedió pero en esas navidades colapso por completo.
“Recuerdo”
Fue encontrada por los elfos domésticos de su madre, los cuales le avisaron de inmediato a su señora sobre la situación de la chica. Dora sin alguna alternativa posible tuvo que trasladar a Isabelle hacia San Mungo, disgustada, enfadada y preocupada por el estado de su hija mayor.
Isabelle no volvió a tomar conciencia hasta cuatro días después en una de las habitaciones del hospital mágico:
Todo parecía tornarse de blanco apenas se distinguían unos pocos colores que reflejaba el sol posándose por los cristales de la ventana, trataba de abrir sus ojos lentamente pero la luz le molestaba.
Se incorporó en la cama sintiendo que algo en su estómago se revolvía, miro a su alrededor y se percató de que dos mujeres hablaban seriamente cerca de la puerta.
Una de ellas se volteó para mirarla y luego se acercó a la cama.
- ¿Cómo se siente Señorita Vanderwall? –
Se demoró en responder.
- Bien, supongo- dijo sin importancia – ¿Dónde estoy?- preguntó aun sabiendo la respuesta.
-Está en San Mungo. Llego hace cuatro días porque usted misma intento dañarse ¿recuerda?- le dijo con un gesto de desaprobación a la chica.
Isabelle cambio la mirada hacia la dirección contraria tratando de disimular.
– Si….-
La Sanadora levantó una ceja y continúo.
- Por petición de su madre usted va estar en este lugar por algunos meses, necesita ser revisada-
Mantenía su vista fija en algún lugar de la habitación
-Lo que necesito es dejar de existir -
La Sanadora se quedó en silencio mirándola por unos segundos y agregó.
- Tiene que tomarse la poción por una semana si quiere ponerse bien-
Señalo un frasco con una sustancia que se encontraba cerca de la cama y salió rápidamente.
De esta manera comenzó una nueva etapa en su vida, en la cual todos la trataban como una enferma o algo delicado que se fuera a romper.
Al principio odio el hospital, solo le recordaba constantemente el deseo perenne de morir que tenía. Pero luego el deseo pasó y simplemente se dedicó a meditar en silencio rodeada de cuatro paredes.
Así pasaron las tres primeras semanas hasta que un día decidió salir por los pasillos del hospital.
Camino lentamente tratando de hacer el menor ruido posible hasta que llego a una habitación que le llamo la atención. Dentro se encontraba una bruja sentada en un sillón con el cabello largo y blanco que le caía sobre los hombros, por su apariencia debía ser alguien mayor.
Empujó la puerta lentamente y entró sigilosa. La anciana se percató del ruido y giro su cabeza hasta el punto donde ella estaba.
-¿Quién es?- preguntó con una voz dulce y melodiosa que parecía salida de otra persona.
Isabelle se sorprendió al ver la reacción de la señora.
-Disculpe es que me equivoque de cuarto- respondió tratando de salir de allí.
La bruja se quedó callada por unos segundos aún con su cara mirando hacia el lugar en donde se encontraba parada la chica.
-Mmm…interesante. Suenas como una niña de quince años-
-Catorce de hecho- movió la cabeza hacia los lados confundida – ¿Usted no puede verme?- le preguntó.
La anciana sonrió.
-Perdí la visión de mis ojos si es a lo que te refieres- se movió en su sillón y dijo – Acércate...-
Dudó si hacerlo o no pero al final decidió caminar hasta ella y sentarse en el borde de la cama.
-¿Cómo te llamas pequeña?-
- Isabelle...Isabelle Vanderwall- le contestó observándola.
-Bonito nombre- colocó sus manos sobre el sillón – ¿Y qué haces aquí Isabelle?-
- Creo que…- empezó a decir – Creo que me están haciendo un chequeo completo, para saber cómo estoy de salud- concluyó.
La bruja levanto las cejas en tono de sorpresa.
- Ahh, tu eres la chica de la que estaban hablando las Sanadoras. Tendrás que estar aquí por un tiempo ¿no?-
Miró a la señora y contestó.
- Si, supongo- a la vez que preguntaba - ¿Usted está aquí sola?...digo ¿está enferma?-
La mujer movió la cabeza.
- Trabaje en este lugar por muchos años y he venido a pasar mis últimos días acá. Mi familia no tiene tiempo y yo no quiero ser una carga para ellos ahora que soy una anciana ciega y cansada-
-La entiendo- dijo con la voz apagada y la mirada perdida
La señora se sorprendió
- ¿Estas realmente enferma o es el corazón que no te está funcionando?-
-Un poco de ambas-
Isabelle se levantó de la cama algo incómoda para dirigirse a la salida pero se detuvo por un momento girándose de espalda.
- ¿Yo podría venir a visitarla?- le preguntó.
La señora sonrió y asintió con la cabeza.
- Cada vez que quieras-
Nuevamente volvía a entablar una amistad, esta vez con una anciana de noventa y dos años que había perdido la visión hacia un tiempo.
Isabelle se animó mucho las siguientes semanas, visitaba a diario a la señora Brooke para charlar con ella sobre cualquier tema.
“Recuerdo”
El tiempo continuo avanzando y con el llevándose todo a su paso, las heridas habían sanado casi por completo. Tantos las externas como las internas, aquellas que eran mucho más importantes de curar.
El cuarto domingo de Enero, Isabelle:
Se acercó al cuarto de la anciana y le extraño ver tantas personas en él.
-¿Qué pasó?- pregunto mirando a las Sanadoras que salían de este.
Una de ellas se volteó hacia Isabelle.
-La Señora Brooke murió hace tres horas- le informó tratando de hacerlo con delicadeza sabiendo las condiciones en las que se encontraba la chica.
Después de varios minutos el lugar se quedó solitario e Isabelle decidió acercarse lentamente abriendo la puerta para entrar.
Miró a su alrededor respirando entrecortadamente y se percató de que el sillón donde siempre se encontraba la anciana ahora se hallaba vació. Caminó hasta este y se subió en él, pegando sus rodillas al pecho.
Cerró los ojos por un momento, tomando todo el aire que pudo para luego dejarlo salir lentamente. Al abrir los ojos, de estos salieron gruesas lágrimas. Cubrió su rostro con las manos tratando de ahogar los sollozos que salían de él.
Después de unos instantes se levantó del sofá y camino por la habitación hasta llegar a una esquina en la cual se agacho abrazándose fuertemente. Se quedó sentada allí por largas horas hasta que de sus ojos no salieron más lágrimas. Con esta nueva perdida Isabelle comprendió algo: La felicidad era efímera. Las personas se alejaban de ella no importara lo que pasara, no importaba lo que hiciera.
Luego de su recuperación en el hospital volvió al colegio.
Ese, fue un año escolar duro para ella. Apenas se deslizaba como fantasma por los pasillos de Hogwarts para asistir a sus clases.
La angustia, la tristeza y la depresión colonizaron toda su esencia como ser humano. Apenas hablaba con Alexander, el cual tenía que esforzarse mucho para mantener una charla coherente con ella.
Concluyo su cuarto año sin cambios evidentes para su desarrollo emocional. Su padre decidió regresar ese verano a Inglaterra, llevándose consigo a Isabelle para Liverpool, en donde se encontraba el antiguo hogar de sus abuelos paternos.
Comenzaba a divisar los pequeños pinos que rodeaban la casa. Aquella cuidad se prestaba para sus paseos solitarios, que más por satisfacción personal, Isabelle lo hacía para complacer a su padre.
La realidad es que estaba cansada, necesitaba el silencio y la paz, la soledad que representaba aquel lugar a veces casi invernal. No le molestaba el frío y la niebla, pues iba mejor con su estado de ánimo que el sol radiante y el cielo azul. Algunos días ni siquiera salía de la casa. Se quedaba en la cama o se acurrucaba en un rincón del salón, fingiendo leer. Estaba demasiado cansada para moverse. Todo formaba parte de aquel interminable letargo que parecía prolongarse en el tiempo. Por el momento tenía la sensación de que su vida había terminado, le parecía tener cien años a pesar de que solo había vivido catorce.
Ya ni se acordaba de la última vez que había sonreído. Por las noches, absorta en su universo particular, apenas hablaba con su padre. Isabelle se había quedado sin temas de conversación. Representaba demasiado esfuerzo y no podía afrontarlo. Todo le resultaba excesivo últimamente, a veces incluso respirar. Se limitaba a retirarse a su habitación noche tras noche para tumbarse sobre la cama en la oscuridad.
Entró a la casa y diviso a su padre cerca de la butaca, con un movimiento de cabeza lo saludo y paso a sentarse a su lado. Había olvidado besarlo pero él ya estaba acostumbrado. Era como si cualquier contacto humano y físico fuera demasiado doloroso para ella. Isabelle se había ocultado tras una coraza de protección, y la niña a la que su padre había conocido, o al menos creía conocer, se había esfumado. La chica que ahora ocupaba su lugar, aunque de aspecto parecido, era en realidad frágil y quebradiza. Alguien la había raptado en plena noche para sustituirla por otro ser sin vida. A su padre no le quedaba más remedio que aceptarlo.
-¿Tienes hambre?- le preguntó con aire preocupado.
Isabelle nunca tenía hambre, hacía meses que había perdido el apetito, comer constituía un suplicio. Durante los últimos meses había adelgazado viéndose incapaz de ingerir alimento.
-Aún no- contestó sin mirarlo.
- Quieres que mande a preparar algo para después - cualquier plato representaba demasiado esfuerzo para tan escasos resultados. Si de todos modos ella no comía.
- La verdad es que no tengo hambre- dijo en un susurro casi imperceptible mientras se levantaba dirigiéndose a su habitación.
Su padre terminó de leer el Profeta y cenó como era habitual completamente solo en la cocina, no hallaba por más que lo intentara la solución para lograr un cambio en su hija.
Había anochecido cuando entro a la habitación de Isabelle. Estaba tan quieta que por un momento se desesperó pensando en lo peor, pero al acercarse comprobó que respiraba. La cubrió con la manta doblada al pie de la cama. Suponía que tendría frío, ya fuera por la delgadez o por la tristeza. En los últimos tiempos dormía mucho, o más bien intentaba hacerlo porque siempre se levantaba asustada o gritando con alguna pesadilla.
Al día siguiente amaneció soleado, en el aire se respiraba la felicidad que otorgaban los escasos rayos de sol que ahora cubrían la Ciudad. El aire era más cálido que el día anterior. Cuando Produmus fue hacia la cocina, Isabelle se encontraba sentada en la mesa, ante una taza caliente de té, con aspecto fatigado, lo cual ya llegaba a ser usual luego de las noches de insomnio. Ni siquiera cuando dormía algunas horas se despertaba con mejor aspecto. Cada mañana al intentar abrir los ojos, la cruda realidad la hundía en un completo abismo. En aquel pequeño y torturante segundo antes, la memoria le fallaba, pero al siguiente los recuerdos siempre aparecían atormentándola. Cuando se levantaba, el golpe de tantas emociones acumuladas la dejaba exhausta, vacía.
-¿Cómo dormiste?- preguntó educadamente mientras con un movimiento de varita hacia que la jarra de jugo levitara hacia él para sentarse frente a su hija.
- Bien- mintió de forma automática, últimamente cada vez que le hacía esa pregunta respondía con la misma palabra – Lamento haberte dejado solo anoche, no fue mi intención- era consciente del daño que le hacía aquella actitud a su padre pero se sentía incapaz de cambiar la situación, demasiado paralizada para hacer algo salvo sentirse culpable.
- ¿Qué piensas hacer hoy?-
- Poca cosa. Leer, tal vez tratar de dormir…-
- Bell, porque no intentas hacer algo diferente. Podrías animarte un poco, peinarte no estaría mal- replico con amabilidad, desde que habían llegado a la casa de sus abuelos, casi siempre la veía desaliñada y a veces pasaba días enteros sin vestirse. Se bañaba sí, pero luego se ponía cualquier ropa que encontraba por algún rincón. Lo cierto era que casi nunca salía a ningún lugar, no tenía motivos. A veces paseaba sola por las calles de la cuidad pero para eso tampoco se peinaba.
- No puedes pasarte lo que queda de las vacaciones encerrada-
- Sí que puedo papá- contesto con tristeza.
Su padre no insistió, carecía de sentido, pues nada cambiaria. Su hija no era capaz de hacer nada más de lo que hacia por el momento. A lo mejor mejoraba algún día, pero ese día aún no había llegado.
Pasadas las diez de la mañana, Isabelle divago buscando algún libro en las estanterías que antes pertenecían a su abuelo pero al final resolvió tirarse de lleno sobre la superficie de algún mueble. No sabía las razones, pero intuía que Zack conocía el estado en que se encontraba. Para ser un lobo, había adaptado patrones de comportamientos similares a los de ella, también pasaba los días agachado en algún rincón. Ahora que lo pensaba no se había preocupado por si su amigo comía o no, imaginaba que su padre estaría al tanto. La verdad es que cualquier cosa a su alrededor representaba un gasto de energía superior al acumulado.
-Si quieres puedo comprar un piano, creo que si quitamos algunos muebles…- comenzó a decir Produmus caminando cerca de ella.
- No lo creo- lo interrumpió acostada de lado con el rostro pegado a la textura que cubría el sofá -No tengo fuerzas para tocar, la música solo me traería recuerdos y lo único que quiero es olvidar- respiró hondo observando las partículas que se apreciaban a través de los rayos de sol que entraban por la ventana.
- Voy a salir por un rato- anuncio su padre derrotado por el poco entusiasmo que demostraba la chica y salió cerrando la puerta detrás de él.
A veces le parecía estar flotando, en ocasiones una sensación de irrealidad la asaltaba perdiendo todo contacto con el exterior. Sin embargo en algún punto lejano de su existencia agradecía que su padre pasara esas vacaciones con ella. Ni siquiera sabía cómo se las había arreglado para terminar su cuarto año en Hogwarts.
De cierta forma se sentía sola. Sola cuando estaba rodeada de personas, de las mismas caras de siempre que ya no le decían nada, excepto palabras vacías sin ningún significado para ella. Ya no sabía si despertarse o ahogarse, si salvarse o saltar una vez más al abismo del día a día. En esos momentos parecía como si estuviera viendo el mundo a través de una barrera que le hacía padecer doblemente el mismo sentir, la misma sensación de pérdida, duradera, triste, infinita.
Nunca más volvió a ser la misma. Mejoró si, con el tiempo……quizás no tanto como hubiera querido pero mejoró.
Su padre partió nuevamente en septiembre y su quinto año comenzó sin altos ni bajos, con la misma rutina. Sin embargo en Febrero su madre le pidió al Director un descanso catedrático. Otorgándole permiso a Isabelle para estar un mes completamente fuera del colegio.
A pesar de que la mansión se le hacía casi insoportable, estaba acostumbrada a permanecer encerrada. Aquello no le molestaba en lo más mínimo ya que el mundo exterior le importaba poco. Nunca había sentido la necesidad de conocer otras cosas que no fueran las que de por si le correspondía.
Sin embargo aquella mañana en particular, dejaría de ser rutinaria.
“Recuerdo”
En marzo regreso al colegio, a sus clases, a su vida como estudiante.
El curso se evaporo y llegaron las vacaciones de verano, finalizando así su 5to año en Hogwarts.
Nuevamente tomo el Expresso para llegar a la estación en Londres donde la aguardaría el chofer de su madre para llevarla a su “querido y ansiado” hogar.
Se escuchó el sonido del tren parando en la estación. Apenas habían pasado algunas horas y ya se encontraba en el centro de Londres rodeada de personas. Como siempre se había quedado dormida a la mitad del viaje y ahora esperaba por el amable señor que siempre la recogía en el auto. Se distrajo por unos segundos observando a tres niños jugar a las escondidas.
-Bell- sintió una voz profunda que mencionaba su nombre justo detrás de ella. Giró rápidamente sobre sus pies sonriendo al percatarse de quien era.
- Hola Albert- lo saludó admirándolo. Le extrañaba muchísimo que fuera el precisamente quien la recogiera cuando faltaran apenas una hora para el anochecer. Increíblemente su tío mantenía la misma figura según pasaban los años, con su hermoso cabello oscuro y su piel blanca que ahora apenas se mostraba por la ropa que cubría todo su cuerpo.
- ¿Cómo te fue este año?- le preguntó amablemente en lo que recogía su equipaje y lo acomodaba en el maletero del auto.
- Igual que siempre- contesto encogiéndose de hombros y entrando en el coche.
Espero a que Albert entrara en el auto y se encaminaran hacia la mansión para preguntar – ¿Porque me viniste a buscar?- cuestionó mientras miraba las casas que conformaban la ciudad.
Albert sonrió de lado – Pensé que te agradaba mi presencia- le respondió educadamente.
-Sabes a lo que me refiero- exigió Isabelle.
- Tu madre me lo pidió de favor, ella no va estar en toda la semana y se supone que yo cuide de ti- le explicó de forma pausada.
Isabelle suspiró ya que estaba acostumbrada a llegar a su casa después de pasarse meses en el colegio y no encontrar a su madre – ¿Cómo esta Zack?-
-Asumiendo que tiene que aguantarme por el resto de la semana, supongo que bastante bien- le dijo con un tono de ironía en la voz.
- Lo extraño mucho- comento aun distraída – ¿Alguna noticia de mi padre?-
- Tienes una carta de él en tu habitación, llego hace tres días-
Sonrió al escucharlo y por primera vez miro a su tío – Bueno no es tan malo después de todo, al menos tendré tiempo para practicar en el piano-
Albert también sonrió pero se limitó a continuar conduciendo. El resto del viaje lo hicieron en silencio hasta que llegaron a una mansión rodeada de unos inmensos árboles que la cubría casi por completo. Aquel lugar tenía el aspecto de estar encantado y para cualquier persona que no perteneciera al mundo de Isabelle, le parecería todo un misterio.
Entro por la puerta principal y se adelantó a unos de los salones. Dentro la esperaba el usual elfo doméstico que se encontraba al servicio de su madre.
-Buenas tardes señorita Isabelle- saludó haciendo una reverencia. Isabelle le dedicó una sonrisa y se dejó caer en uno de los sofás del salón. Apenas habían pasado unos minutos y un hermoso lobo blanco apareció en la estancia para acercarse a la chica.
-Hola- le dijo acariciándolo detrás de las orejas para luego levantarse de donde estaba sentada y acercarse a uno de los enormes ventanales que cubrían el salón. Dejo su mente divagar por un largo tiempo en lo que Zack se agachaba en una esquina y esperaba tranquilo alguna reacción de la chica.
Albert entro apenas sin hacer ruido para sentarse cerca de ella.
-Te noto algo triste- comento mirándola.
Volvió la vista hacia su tío.
- El verano me trae recuerdos- respondió para luego mirar a través de la ventana.
-¿Recuerdos o nostalgia por las cosas perdidas?-
- Ambos-
Albert alzó una ceja miro a Zack por breves segundos y agregó.
- Sabes que pudiera encontrarlo si me lo pidieras-
Se apartó de la ventana y volvió a sentarse en el sofá.
-El daño ya está hecho y de nada serviría si volviera a verlo, él no se acordaría de mí. Es mejor dejar las cosas como están-
-Como quieras, solo me preocupa las ideas que puedan surgir en tu cabeza-
Apenas lo escucho, su mente comenzaba a juntar imágenes para formar un recuerdo.
“Recuerdo”.
La semana paso rápidamente.. Su madre había llegado el sábado por la mañana y como era usual ya había organizado un evento para celebrar su regreso.
Ahora Isabelle se encontraba recostada a la pared de una enorme habitación en medio de una fiesta.
Sin hacer el menor ruido su tío se acercó a ella.
- ¿Se puede saber que estas meditando?-
- No, eso es secreto- le contestó mirando por la ventana – Además está “cabecita” no tiene nada de interesante-
Se movió algo incómodo – Lo dudo - dijo observándola.
-Bell conmigo no vas de esa. Sabes que puedo leer tus expresiones y no me estas convenciendo-
- Entonces debo estar perdiendo mi toque- se apartó de la ventana lentamente – Son cosas mías no te preocupes. Estoy bien- dijo sonriendo.
En ese momento se escuchó un ruido del otro lado de la habitación. Isabelle volteo a ver y se encontró a su madre que había tropezado con una mesa que se hallaba en medio del salón.
-Estoy bien, creo que tuve un pequeño desliz- decía Dora con una sonrisa en los labios del otro lado de la habitación.
Se acercó rápidamente a ella y la tomo por un brazo.
- Mamá, creo que...- susurró en su oído pero antes de que pudiera continuar la bruja la detuvo poniendo un dedo sobre sus propios labios.
- Shhh ¿cómo fue que me dijiste?-
- Dora creo que te hizo daño tanta bebida- le apretó suavemente el brazo y la miró directamente a los ojos – Créeme que no quieres hacer el ridículo delante de todas estas personas-
La bruja se controló por un momento y pidió disculpas a sus invitados en lo que salía de la habitación seguida de Isabelle.
La acompaño hasta la recamara que se encontraba en el segundo piso. Al llegar su madre retiro el brazo fuertemente de ella.
- No es para tanto….- caminó unos cuantos pasos y al pasar cerca de un sillón tropezó tambaleándose. Isabelle se volvió acercar para aguantarla.
- ¡Ya te dije que no es para tanto Isabelle!- le grito apartándola.
Se quedó inmóvil por la reacción de su madre pero luego volvió a recuperar la compostura.
- Disculpa, solo estaba tratando de ayudarte. Se me olvidaba que no necesitas de nadie y que solo piensas en ti-
Su madre rompió en carcajadas.
- Por favor estoy muy cansada para tus pláticas de autocompasión y de hija lastimada. Ahora, déjame sola por favor, necesito dormir-
Isabelle se estremeció de pies a cabezas. La miro por unos segundos y salió de la recamara caminando lentamente por los pasillos iluminados hasta que llego a una puerta de madera.
Entro lentamente cerrándola con magia para luego mirar alrededor de la oscura habitación. Al entrar se percató de que Zack se encontraba agachado en un rincón gruñendo por lo bajo.
-¿Quisiera saber hasta cuando tu mascota va a tener esa actitud conmigo?- dijo una voz del otro lado de la habitación.
No contesto, se limitó a tomar un libro y sentarse en la cama.
-Curioso…. No sabía que los magos podían leer sin luz- volvió a comentar Albert.
- Interpreta mi silencio- le respondió.
- ¿Tan malo fue?- volvió a insistir.
Miró firmemente hacia el lugar donde estaba sentado su tío.
- No tanto, creo que sería peor si le dijera que tú me enseñaste a tocar el piano-
Albert sonrió y se acercó a la cama.
- Yo no tengo la culpa de que te trate como lo hace-
Suspiro - Lo sé, pero tengo que desquitarme con alguien ¿no?- dijo en tono de broma.
- Además creo que Zack está cansado de oír mis berrinches-
El hombre volvió a sonreír – Bell no sufras más por cosas sin importancia-
La chica se paró de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.
-¡Albert mírame!- dijo señalándose con un dedo – Mi mejor amigo es un lobo y mi profesor de piano es un vampiro ¿Que tal te suena eso?-
- Me suena muy bien, de hecho me suena excelente-
Isabelle resopló – Claro, mira a quien le pregunto- se dijo a sí misma.
-¿Y qué quieres que te diga? - el vampiro levantó la mano y se la llevó a la frente pensativo.
-Además eso no es lo peor que has hecho -
Paró de caminar y se quedó fija en el lugar -No me lo recuerdes-
-¿En serio? pensé que eso era algo que nunca salía de tus pensamientos- le contesto sereno.
Isabelle se agacho sentándose en el suelo, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Zack salió del rincón y se acercó rodeándola lentamente. Le gruño al hombre de forma violenta para luego echarse al lado de ella.
- Creo que es mejor que me vaya- dijo Albert y desapareció por la ventana del cuarto. Se levantó después de unos instantes y se dirigió a la cama tapándose por completo e intento no pensar hasta que se quedó dormida.
Al otro día por la mañana, no bajo a desayunar y apenas salió de su habitación. Después de las seis de la tarde se dirigió hacia el salón y se acomodó en la superficie de madera a contemplar el atardecer por los grandes ventanales de cristal.
Su madre entro lentamente acercándose a ella.
- Me parece que estas exagerando -
- No sé de qué hablas- le contesto.
- Tampoco te queda el papel de ingenua. Aunque lo seas para algunas cosas, sabes perfectamente de lo que estoy hablando-
Respiro profundo y tardo en responder.
- Según tus propias palabras, eso es un asunto concluido y cerrado para esta familia o ¿quieres que volvamos a caer en el tema?-
Su madre se movió incomoda.
- Naciste siendo un miembro de esta familia y es peor para ti si no lo quieres aceptar, porque ya no hay vuelta atrás. Esa ilusión que tuviste no podía llegar lejos y tú lo sabias – dirigió su mirada hacia la ventana y luego a su hija – Él era un muggle y por más que lo intentaras, yo jamás aceptaría algo como eso-
Volteó la vista hacia su madre – Pensé que la esperanza era lo último que se perdía. Pero como siempre, me percato demasiado tarde de todas las mentiras- bajo la cabeza y movió los dedos de los pies.
- Bien, creo que ya es hora de que madures. La vida te va a enseñar que no todo es como uno quiere y que hay que hacer enormes sacrificios para obtener resultados- Dora camino hacia la salida.
-La cena se sirve dentro de media hora, te espero en el comedor- y salió de la habitación cerrando la puerta.
En su sexto año en el colegio de magia, Isabelle decide llevar a Zack, su lobo blanco, para el castillo escondiéndolo en el bosque prohibido.
Su humor mejoro muchísimo ese año, y comenzó a realizar nuevas amistades, además se convierte en la Prefecta de su casa y tras la salida de su antiguo capitán de Quidditch, Isabelle toma el puesto de capitana.
Ese mismo año le toma mucho cariño a dos chicas de primero, con las cual comparte el “secreto” de la ubicación exacta de las cocinas de Hogwarts.
En ese verano comienza su primer trabajo de ayudante de Sanador en San Mungo, allí se percata de que Sanador es la Profesión que desea ejercer luego de terminados sus estudio en el colegio.
Al inicio de su séptimo año hace otra nueva amistad. Esa misma semana, tras haber sido citada al despacho del Director por haber ingerido alcohol en el Expresso, decide renunciar a su cargo de Prefecta.
Durante el curso trata de reorganizar la banda escolar y como nuevamente vuelve a ser Capitana de Ravenclaw, se propone sacar adelante el equipo para ganar la copa de Quidditch ese año.
Participa en el grupo de teatro en donde conoce a Grant O Connor, de su curso. El mismo que la rescata de un traficante de drogas, no sin antes haber probado el efecto de estas en su organismo. Gracias a Grant , Isabelle es llevada a un hospital muggle por primera vez para luego ser trasladada de regreso a su casa.
Ese mismo año además también llega a ser Premio Anual junto con una chica de Slytherin.
En Halloween, Isabelle besa a Grant, percatándose de que siente algo por él, sin embargo por más de que los dos tratan de entablar una relación, al final de su séptimo año Grant se va de Inglaterra por problemas familiares.
Al finalizar sus estudios en Hogwarts, Isabelle cuenta con cinco grandes amigas dentro de las cuales se encuentra su hermana. Y juntas fundan la Orden del Árbol Sagrado. A pesar de que todas toman direcciones diferentes en la vida, ellas son las únicas amigas que verdaderamente conserva, razón por la cual lleva un medallón en su cuello con el símbolo de la Orden.
En la actualidad hace seis años que termino el colegio y vive sola en una pequeña casa de campo en las afueras de la ciudad, con su lobo. Le dedica la mayor parte del tiempo al trabajo y una vez al mes recibe carta de Grant, con él cual ha mantenido comunicación vía lechuza a través de los años.
La relación con su familia no ha cambiado y su madre le exige que cene con ella en la mansión Clinftown al menos una vez a la semana, su padre continua de viaje y su hermana con él. Albert es el único que frecuenta a Isabelle casi todas las noches, llevándole alguna historia nueva para contar.

Familiares:
Dora Clinftow: (Madre de Isabelle)
Dora nació dotada de un increíble talento artístico siendo reconocida como una de las voces más importantes de la música mágica en el último siglo.
Nació en 1951 en Londres Inglaterra, perteneciendo a una de las familias de magos más importantes y antiguas del país. Curso junto a su hermano Albert los siete años de estudios mágicos en Hogwarts destacándose por ser una chica orgullosa y una estudiante brillante por sus notas, siendo selecciona como Prefecta de Slytherin . De siempre le encanto ser el centro de atención a donde quiera que llegara. Tiene un encanto especial para seducir a cualquiera según sus intereses, pues es consciente de su belleza y del impacto que tiene esta en las personas, sobre todo si son del sexo opuesto. Es una fiel representante del linaje de sangre pura al cual pertenece su familia detestando a todos los sangre sucia, aun así, se ha mantenido “alejada” de la lucha por el poder que ha existido.

Albert Clinftow: (Tío de Isabelle)
Nació en 1950 en Londres Inglaterra. Curso sus estudios en Hogwarts como su hermana, Dora, y perteneció a la casa de Slytherin. Albert fue un joven que desde pequeño aprendió a ser un respetable caballero. Heredo un increíble talento musical, al igual que su hermana, siendo absorbido por la música clásica que ha transcendido de generación en generación en su familia convirtiéndose en un gran pianista. Aun así debido a su conocida condición de vampiro no ha podido desarrollar su carrera como pianista. Albert es un ser orgulloso y autosuficiente pero a la vez es comprensivo, paciente y dedicado. Sumamente intuitivo y percibe los sentimientos de las personas con increíble facilidad. Tiene una amplia gama de conocimientos, es un asiduo lector a cualquier tema. Las letras y la música han sido su única y constante compañía. Vivió en Francia por una temporada, regresando a Inglaterra cuando su sobrina cumplió los ocho años y su hermana le permitió conocerla, convirtiéndose secretamente en su Profesor de Piano.

Prodrumus Vanderwall: (Padre de Isabelle)
Nació en 1952 en Manchester, Inglaterra. Sus padres fueron magos que trabajaron en el Departamento de Regulación Mágica en el Ministerio, pero Prodrumus fue criado por su abuelos paternos. Fue un joven tímido y reservado. De naturaleza callada. Muy inteligente, con una extraordinaria capacidad autodidacta, bastaba con leer o presenciar un par de eventos para memorizarlos en su totalidad. Desde sus primeros años en el colegio demostró un especial interés por la Astronomía. Siempre mantuvo modales correctos y se graduó como el mejor estudiante en su curso al terminar el 7mo año en Hogwarts, dedicándose a viajar el mundo y a realizar trabajos e investigaciones siendo reconocido como unos de los más destacados magos astrónomos ingleses de los últimos tiempos. Conoce a Dora en una fiesta de Navidad y se enamora de ella proponiéndole matrimonio. Aun así se vio envuelto en los misterios de la familia Clinftow y decide reanudar sus viajes. A los dos años nace su hija haciéndolo retornar a Inglaterra.

Otros datos:

Nivel Económico: Alto, está justificado en la Historia. Y en Familia.
Gustos: La música, los animales, los dulces. Caminar en otoño, la Astronomía y la nieve.
Odios: Tomar decisiones.
Manías: Peinarse poco XD
Boggart: No sabe cómo es, nunca ha visto uno, aunque es una persona que no tiene miedos aparentemente.
Varita: Madera de Olmo, 24.5 centímetros, flexible. Núcleo de nervio de corazón de Unicornio.

Curiosidades:
Patronus: Un lobo.
Mascota: Tiene un lobo blanco llamado Zack, que fue traído de Eslovaquia cuando cumplió los doce años como regalo de cumpleaños de su padre.

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Re: Isabelle Vanderwall

Mensaje por James S. Potter el Mar Ago 02, 2011 8:59 am

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